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El género emo sufre un secuestro, es tomado por las grandes corporaciones discográficas, lo mezclan con un poco de actitud rarita, un poco de imagen chistosita, una pizca de pop, un montón de maquillaje, ¡y listo! los millones de dólares empiezan a llegarles por sí solos. Nace el emo o fake emo, como algunos de los especialistas lo han denominado. Bandas como Silverstein, My Chemical Romance, Panic! At the Disco, Fall Out Boy, The Used y 30 Seconds to Mars se convierten en las nuevas boybands y su éxito comercial es incontrolable. Un maniquí más al aparador de estereotipos. Pero la sociedad está llena de ellos, ¿será muy malo tener uno más?
El nuevo género se distingue, más que por la música, por patrones de comportamiento y vestimenta. Para ser emo, se tiene que aparentar estar muy triste o muy enojado, esto se refleja en los pantalones y playeras negras, que hacen buena combinación con las detalles en rosa. Un especie de códigos darks y punks combinados con símbolos de muerte y nula esperanza. Paradójicamente, la gente que se inclina por este movimiento es feliz así y, al final, eso es lo que cuenta y de ahí que se rescate un poco de dignidad y sentido.
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